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lunes, 8 de octubre de 2012

Ocurrió lo peor de mis pesadillas

El sábado ocurrió algo que me ha hecho sentir muy mal, y aunque sólo quedó en un susto, es algo que no puede volver a pasar.
Nos fuimos a hacer la comprar al super, el papá, Lola y yo después de que ella comiera. Compramos lo necesario, para hacer sus purés y nuestra comida durante una semana y llegamos a casa tan contentos. 
Mi marido estaba colocando los alimentos en la nevera, ordenándolo, y yo me fui con Lola al cambiador. Había hecho una caca espantosa, pringada hasta la barriga, la fui limpiando poco a poco y cuando ya acabé, me giré a la pañalera, con una mano cerca de ella en el cambiador. Y aquí sucedió lo peor de mis pesadillas, Lola se cayó del cambiador, más que se cayera, se avalanzó. No sé decir cómo ocurrió exactamente, sólo que oí un golpe ensordecedor y me encontré a Lola en el suelo, sentada, pero hecha como una bola. Ahora que vuelvo a revivir el momento, tampoco sé exactamente como fue. Sólo sé que grité como en una película de terror, empecé a llorar a grito pelado, los pelos de los brazos se me erizaron y un sudor frío caía por mi frente. Grité para que el padre viniera, pero él como siempre con su radio en la cocina, ajena a lo que había pasado, cogí a Lola y la llevé corriendo donde él, llorando, como una loca, yo y Lola. Creo que la niña, lloraba más bien del susto, más que del golpetazo en sí. No me podía tranquilizar, gritando le dije a él, que fuéramos al hospital. Él estaba tranquilo y eso ayudó mucho. Mientras él colocaba a la niña en la silla del coche, yo seguía llorando de manera angustiosa y ahogada. No paraba de revivir en mi cabeza, el momento:
¿cómo se me había caído?
¿por qué no fui más cuidadosa?
Esto no me podía haber pasado a mi, no no podía estar pasando esta pesadilla. 
La niña volvía a caerse una y otra vez, con ese ruido espantoso en mi cabeza.

Lola cuando la cogió su padre, dejó de llorar e incluso mi marido la hizo reir. No vomitó, no sangró, no había heridas aparentes.
Cogimos a Lola y nos fuimos al hospital de urgencias. Sólo distaba 10 minutos de casa, y fueron los más lentos de mi vida, se pusieron todos los semáforos en rojo, los peatones pasaban por el paso, tranquilamente y yo no hacía más que llorar y llorar. Antes de entrar en el hospital intenté tranquilizarme para poder explicarles que había sucedido. La que me cogió los datos, me intentó tranquilizar.
A los 5 minutos, una enfermera, la examinó y vio que no tenía nada, que la niña reaccionaba, le expliqué todo, pero sin poder asegurarle lo que había pasado, porque en mi cabeza, sólo me sonaba el ruido de la caída y que había caído sentada, pero sin poder asegurarlo a ciencia cierta.
En la sala de espera, ya estuve más tranquila, Lola se reía y pataleaba como si nada hubiera pasado, ajena a mi comecome y a mi angustia.
A la hora de estar allí, nos atendió un médico residente que la examinó y nos dio una serie de recomendaciones y que la vigilaramos durante 24 horas. Que no vomitara, que no sangrara, que no hiciera movimientos raros, que se despertara con normalidad. 
Eso hicimos ese día, la observamos de arriba a abajo. Después del susto nos fuimos a un mercado, pensaba que el susto se me quitaría y quise quitarle importancia, pero al llegar a la noche noté un cansancio propio de la tensión acumulada. Me sentí fatal.
Y ahora que ya ha pasado todo, me doy cuenta que esto va a ser un no parar, mi padre ya me lo ha dicho, que los niños se caen. Claro, que no es lo mismo que se caiga un niño de 5 años, que un bebé de 8 meses. Pero sí es cierto, que se acabó la tranquilidad, que Lola está muy peligrosa, que es muy curiosa y muy activa que se esconde, toca cables, que va de un lado a otro, que en el cambiador no para de girarse.

Tendré que estar más alerta, ahora no se la puede quitar el ojo. No quiero que se vuelva a repetir,